impresiones de una rueda de prensa



Narrativa



Me encuentro en una rueda de prensa. Estoy sentado, no al frente, pero sí cercano a los autores y rodeado de personas dedicadas a la comunicación cultural que, en el más joven de los casos, me doblan la edad. Descubro al frente de la sala una mesa con cinco figuras de la literatura chiapaneca, de aquellas dedicadas a escribir y rescatar tradiciones en tiempos de crisis.

-Qué resistencia la de estas figuras que escriben sabiendo que pocos los leerán; con plena consciencia de que no serán un best-seller- pensé. Las voces hablaban.

Transcurren aproximadamente cuarenta minutos durante los que se presenta una iniciativa para fomentar la lectura: la asociación estatal de libreros, la de cronistas, alguna universidad y una fundación. Las figuras presentan cifras vergonzosas sobre el consumo literario y a mi recuerdo vienen las pequeñas librerías del centro-oriente en Tuxtla Gutiérrez.

-Seguramente los libreros están en el oficio por amor al arte, más que por las ganancias- me dije, al recordar la última serie de protestas en el centro y su catastrófico impacto en los antiguos barrios de la ciudad, me lamenté en mis adentros. Las voces siguieron hablando.

Al final de la rueda de prensa, un cronista en la mesa del que jamás había escuchado hablar, dice a los presentes:

-Realizaremos también una liberación de libros en el próximo evento, pero yo comenzaré aquí; tomen los libros que les agraden-.

Pensé nuevamente que además de no ser un buen negocio para los libreros y mucho menos para los autores, este hombre cometía una colosal imprudencia al regalar su trabajo. Los presentes en la sala se acercaron al frente y tomaron libros como si de tequila se tratara.

-No los leerán- me dije. Las voces inundaron la sala.

Me acerqué y tomé los últimos libros. Estos tenían los títulos menos atractivos que había leído y las portadas más sencillas entre la oferta. Exploré toscamente la portada e índice de una, también algunas de sus hojas, y lo encontré valioso.

-Nos quedaremos sin escritores ni lectores, sin librerías, sin artistas ni intelectuales- me quejo en voz baja.

- O tal vez, ya estamos ahí – responde una de las voces.

Con mi mano derecha sosteniendo las obras, dos teléfonos celulares y una servilleta, bebí torpemente los últimos sorbos de mi café con sabor a oficina alzando mi mano izquierda. Lamenté haber bebido en un vaso de unicel.

-Carajo-, pensé.

Me encaminé a la salida del recinto medio vacío. Al cruzar el umbral hacia la plaza de enfrente noté que sobre la acera yacía el cuerpo del autor que regalaba libros. Mientras contemplaba la escena, un líquido caliente y espeso goteaba de mis manos.

-No nos hará falta- dijeron las voces.






Pensé nuevamente que además de no ser un buen negocio para los libreros y mucho menos para los autores, este hombre cometía una colosal imprudencia al regalar su trabajo. Los presentes en la sala se acercaron al frente y tomaron libros como si de tequila se tratara.

-No los leerán- me dije. Las voces inundaron la sala.

Me acerqué y tomé los últimos libros. Estos tenían los títulos menos atractivos que había leído y las portadas más sencillas entre la oferta. Exploré toscamente la portada e índice de una, también algunas de sus hojas, y lo encontré valioso.

-Nos quedaremos sin escritores ni lectores, sin librerías, sin artistas ni intelectuales- me quejo en voz baja.

- O tal vez, ya estamos ahí – responde una de las voces.

Con mi mano derecha sosteniendo las obras, dos teléfonos celulares y una servilleta, bebí torpemente los últimos sorbos de mi café con sabor a oficina alzando mi mano izquierda. Lamenté haber bebido en un vaso de unicel.

-Carajo-, pensé.

Me encaminé a la salida del recinto medio vacío. Al cruzar el umbral hacia la plaza de enfrente noté que sobre la acera yacía el cuerpo del autor que regalaba libros. Mientras contemplaba la escena, un líquido caliente y espeso goteaba de mis manos.

-No nos hará falta- dijeron las voces.

​Fin.



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